El arte, una deuda pendiente en Abasolo y en México

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En Abasolo, como en muchas otras ciudades del país, los artistas viven entre la pasión y la resignación. Pintores, músicos, poetas y actores se ven obligados a sobrevivir dando clases, vendiendo artesanías o abandonando por completo lo que aman. No porque les falte talento, sino porque el arte, en este país, sigue siendo visto como un lujo, no como una necesidad. Resulta triste pensar que en México el talento abunda, pero el apoyo escasea.

El discurso oficial habla de “impulsar la cultura”, pero en la práctica, los programas de apoyo son mínimos, los espacios para exponer o presentar obras son pocos y los artistas deben competir por becas que se reparten entre unos cuantos. En Abasolo, por ejemplo, hay creadores que pintan murales, escriben poesía o componen música, pero rara vez cuentan con respaldo institucional. Se les aplaude en inauguraciones y festivales, pero después se les deja solos, tratando de sostener con sus manos un oficio que el gobierno y la sociedad parecen haber olvidado.

Irlanda acaba de dar un ejemplo que debería avergonzarnos un poco. El gobierno irlandés convirtió en permanente su programa de Ingreso Básico para las Artes, que otorga un sueldo mensual de alrededor de 1,500 dólares a los artistas para que puedan dedicarse por completo a su oficio. No se trata de caridad, sino de reconocer que la creatividad también es trabajo. Más de dos mil creadores se han beneficiado, mejorando su estabilidad económica, su salud mental y su capacidad de crear. Irlanda entendió que el arte no es un gasto, sino una inversión en su gente y en su identidad.

Mientras tanto, en México seguimos con la idea de que el arte se sostiene del “amor por lo que haces”. Pero el amor no paga la renta, ni compra lienzos, ni paga la comida. Seguimos esperando que el artista sobreviva del aplauso, mientras quienes deberían fomentar la cultura se conforman con discursos vacíos y fotografías en eventos oficiales.

Abasolo y México tienen talento. Tienen artistas que merecen vivir de su arte, no sobrevivir a pesar de él. Lo mínimo que deberíamos hacer como sociedad es reconocer su valor, apoyarlos y dejar de tratar la cultura como un adorno. Irlanda ya lo entendió; nosotros, al parecer, todavía no queremos hacerlo.