Cuando el viernes se volvió lunes

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En alguna administración municipal de Abasolo ocurrió una escena que, contada hoy, suena a chiste. Sin embargo, como suele pasar con muchas anécdotas del servicio público, detrás de la risa también se esconde una pequeña radiografía del poder local.

La historia es simple.

En la oficina del presidente municipal, el secretario atendía llamadas, ordenaba documentos y acomodaba la agenda del día. Entre gestiones, solicitudes y asuntos cotidianos, entró una llamada más: alguien pedía una cita directa con el alcalde.

El secretario hizo lo que dicta el protocolo. Se acercó a la oficina y preguntó:
– Señor presidente, están solicitando una cita con usted. ¿Cuándo se la doy?

El presidente respondió con naturalidad:
– Para el viernes.

Hasta ese momento todo era parte de la rutina burocrática de cualquier oficina pública.

Pero entonces ocurrió algo inesperado.vEl secretario, con la pluma en la mano y listo para apuntar la fecha, levantó la mirada y preguntó con genuina duda:
– Disculpe… ¿viernes se escribe con B de burro o con V de vaca?

La pregunta quedó suspendida en el aire. El presidente guardó silencio unos segundos. No respondió de inmediato. No corrigió la duda ni hizo comentario alguno. Simplemente se quedó pensando.

Finalmente, resolvió el asunto con una frase breve:
Mejor agéndala para el lunes.

Y así terminó el episodio.

Durante años, la anécdota se ha contado como un chiste entre quienes la escucharon o la presenciaron. La escena provoca risa porque es absurda: un problema de ortografía terminó cambiando una decisión de agenda. Pero si se observa con un poco más de atención, la historia también deja ver algo más profundo.

El problema, en realidad, no fue la pregunta del secretario. Las dudas son normales. Nadie nace sabiendo todo, y en cualquier espacio de trabajo es razonable que alguien pregunte cuando no está seguro de algo. De hecho, las instituciones sanas funcionan precisamente cuando las personas pueden preguntar, aprender y corregir sin miedo.

Lo interesante de la escena está en la reacción. Ante la duda, el presidente no corrigió, no explicó y tampoco admitió no saber. Optó por una tercera salida: cambiar la situación para evitar responder. No resolvió la pregunta; simplemente movió el problema a otro día del calendario.

Ese pequeño gesto, casi trivial, refleja una dinámica muy conocida en muchos espacios de poder: la simulación.

En lugar de reconocer un vacío de conocimiento – algo humano y corregible – se busca preservar la apariencia de autoridad. La prioridad deja de ser entender, aprender o resolver, y pasa a ser mantener intacta la imagen de quien ocupa el cargo.

En otras palabras, lo importante no es saber.
Lo importante es no parecer que no se sabe.

Y cuando esa lógica se vuelve cotidiana, las decisiones comienzan a tomar caminos extraños. Los problemas no se enfrentan; se rodean. Las dudas no se resuelven; se evitan. Las preguntas incómodas no se contestan; se posponen.

A veces la política funciona así: no cambiando la realidad, sino moviendo la agenda hasta que la realidad deje de incomodar.

Por eso esta pequeña historia, que empieza como chiste, termina pareciendo una metáfora. Por unos segundos, en aquella oficina el viernes desapareció del calendario político.

No por falta de tiempo.
No por exceso de trabajo.

Simplemente por una duda de ortografía que nadie quiso responder.