Por Carlo Tovar Amezola
Soy un joven guanajuatense que camina por sus calles y no puedo sino analizar cómo el miedo se ha apoderado de ellas, un miedo que crece, impulsado por la violencia atroz que va impregnando cada espacio de nosotros. Me pregunto si nos hemos acostumbrado a vivir así; hemos estado tanto tiempo al lado de esta violencia que se ha vuelto un compañero cotidiano. Como politólogo, pienso en soluciones desde la academia, en esas teorías que, muchas veces, quedan en los libros y que pocos consultan fuera de los círculos académicos. Veo la falta de cooperación entre los niveles de gobierno, una “guerra de ideologías” que impide cualquier alianza en pro de algo superior, y que en cambio se enfoca en señalar culpables en función de ideologías y partidos opuestos.
La solución, estoy convencido, reside en el equilibrio: entre las palabras y las acciones, entre la cooperación y la autonomía. No podemos resolver nada sin la confianza en el otro. Aquí surge el federalismo cooperativo como una luz en medio de esta situación oscura, pero depende de que los gobiernos estatal y federal encuentren en su rivalidad la voluntad de cooperar.
El federalismo dual, aunque preserva la autonomía de los estados, conlleva una desconfianza que hoy en día envenena la cooperación. Tal como planteaba Madison, este modelo se originó con la idea de que los estados conservarían su soberanía frente al poder central, creando un “pacto” en el que el gobierno central era apenas una creación de las entidades federativas (Armenta López, 2010). En este sistema, cada gobierno actúa en su ámbito, sin interferir en las competencias del otro; sin embargo, este enfoque tiende a reforzar barreras en lugar de puentes, lo cual hoy agrava la crisis de inseguridad que vivimos.
Por otro lado, el federalismo cooperativo representa la antítesis del modelo dual, sugiriendo que cada nivel de gobierno actúe en conjunto en áreas comunes y comparta funciones y poder para abordar los problemas desde una perspectiva integrada. Esta idea toma fuerza en contextos de emergencia, como el que vivimos en Guanajuato. Imagino un modelo donde los recursos y estrategias de ambos niveles de gobierno se fusionen, donde las fuerzas federales y locales colaboren en operativos conjuntos en lugar de operar de manera aislada. Este federalismo cooperativo, que he leído en las ideas de López Araguren y otros autores, se basa en la premisa de que las políticas públicas son más eficaces cuando se actúa conjuntamente (Armenta López, 2010). Es decir, cuando ambos gobiernos confían en el otro y trabajan como uno solo.
Así, en un Guanajuato dividido ideológicamente – con un gobierno estatal del PAN y uno federal de Morena – el federalismo cooperativo podría ser nuestra salvación. Podría ayudar a que ambos niveles de gobierno dejen atrás la pugna política y concentren sus esfuerzos en lo verdaderamente importante: la seguridad y el bienestar de los ciudadanos. No se trata solo de una cuestión técnica de distribución de poder; se trata de devolvernos la paz, de reconstruir la confianza y de liberarnos de esta violencia que nos consume.
Fuente de información:
Armenta López, Leonel Alejandro, Federalismo, México, Porrúa, 2010, pp. 173 a 187
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