Hoy México vive una ilusión. Millones de personas comparten emociones, esperanza y la satisfacción que solo puede provocar uno de los espectáculos deportivos más grandes del mundo. Se siente un entusiasmo colectivo que trasciende la cancha. Y aunque no todos los mexicanos somos aficionados al futbol, es imposible ignorar la energía que despierta un momento como este.
Nuestra Selección tiene hoy la oportunidad de recordarnos que sí es posible soñar en grande. Que, cuando existe un objetivo común, también podemos alcanzar aquello que parecía inalcanzable. Más allá del resultado, representa la posibilidad de regalarle al país una alegría compartida, una pausa entre tantas noticias que, día tras día, parecen insistir en dividirnos o preocuparnos.
Resulta fascinante que un deporte cuyo objetivo es tan simple como llevar un balón hasta una portería tenga la capacidad de provocar algo tan complejo: hacernos sentir parte del mismo equipo.
Cuando llega un gol, desaparecen por un instante las diferencias políticas, las clases sociales, las ideologías, las profesiones y hasta las rivalidades personales. Durante unos segundos no existen etiquetas. Solo existe un grito que sale al mismo tiempo de millones de gargantas.
Somos México.
Y, por un momento, basta con ver a once jugadores defendiendo una camiseta para sentir que todos defendemos algo más grande.
Ser uno de los países anfitriones nos ha permitido vivir este fenómeno desde dentro. Las calles, las plazas, los hogares y los centros de trabajo se transforman en espacios donde desconocidos se abrazan, celebran y comparten una emoción que no necesita presentación.
La gente quiere sentirse parte de una historia.
Quiere creer.
Y entonces aparece una pregunta que vale la pena hacernos.
¿Y si, sí?
¿Y si esa capacidad de unirnos no fuera exclusiva del futbol?
¿Y si lográramos desaparecer nuestras diferencias con la misma facilidad con la que desaparecen cuando gritamos un gol?
¿Y si aprendiéramos a construir comunidad como lo hacemos cuando apoyamos a la Selección?
Imagino barrios donde los vecinos vuelven a conocerse por su nombre. Colonias donde ayudarse sea una costumbre y no una reacción ante una tragedia. Comunidades donde acompañar a quien enfrenta una enfermedad, una pérdida o una dificultad económica sea tan natural como celebrar una victoria deportiva.
Imagino un país donde el bienestar colectivo vuelva a ser el objetivo principal. Donde la política recupere su verdadero sentido: servir a las personas. Donde hacer las cosas bien deje de parecer una excepción para convertirse en la regla.
Quizá el futbol nunca resolverá los grandes problemas de México.
Pero sí puede recordarnos algo importante: cuando decidimos jugar para el mismo lado, somos capaces de lograr cosas extraordinarias.
Ojalá que la pasión que hoy sentimos no dure únicamente lo que dura un Mundial. Que esa sensación de pertenecer a un mismo equipo permanezca cuando se apaguen los reflectores, cuando termine el torneo y volvamos a nuestra vida cotidiana.
Porque el verdadero campeonato que tenemos pendiente no se juega cada cuatro años.
Se juega todos los días.
Y quizá, solo quizá…
Sí.
Sí podemos construir un mejor país .
Pero únicamente si todos decidimos jugar el mismo partido.