Therians: entre la identidad y la tristeza de una generación desorientada

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Estaba hace poco leyendo sobre los llamados therians, justo ahora que el tema parece estar tomando fuerza. Mientras repasaba lo que significa para algunos identificarse de esa manera, no pude evitar pensar en lo contrastante que resulta frente a una vida común: convivir con la familia, platicar con los vecinos, reunirse con amigos, disfrutar de lo cotidiano. Y entonces surge una pregunta inevitable: ¿cómo se siente vivir con la sensación de estar en un cuerpo que no corresponde con lo que uno cree ser?

Lo que pienso al respecto es completamente personal. Durante mucho tiempo creí que todo esto era una exageración o algo pasajero. Antes había escuchado a personas decir que se sentían hombres en cuerpo de mujer o mujeres en cuerpo de hombre, y siempre lo he tomado con respeto porque conozco gente cercana que vive esos procesos y son personas valiosas. Pero cuando el tema avanza hacia quienes dicen sentirse animales en un cuerpo humano, confieso que me cuesta entenderlo y me deja más preguntas que respuestas.

Entre lo espiritual y lo simbólico

Al indagar un poco más, descubrí que para muchos no se trata de un juego, un disfraz o una moda. Lo viven como algo interno, casi espiritual. Hablan de sensaciones, impulsos o formas de verse a sí mismos que asocian con ciertos animales. No es solo apariencia; dicen que es identidad. Y eso cambia por completo la manera en que uno debería acercarse al tema, porque deja de ser algo superficial para convertirse en una vivencia muy real para quienes lo sienten así.

El término en sí viene de la idea de la “therianthropy”, esa figura mitológica de seres mitad humano, mitad bestia que aparece en muchas culturas. Lo curioso es que algo que nació en el terreno del mito haya sido adoptado como una forma de definirse en la vida real. No es algo nuevo, además. Desde los años noventa ya existían registros de personas que se modificaban el cuerpo para parecer felinos o caninos, algo que antes parecía propio de programas extraños o historias difíciles de creer.

Generaciones jóvenes y la necesidad de pertenecer

Hoy siento que el fenómeno se percibe con más fuerza entre adolescentes y jóvenes. Tal vez por eso me provoca cierta tristeza. No lo veo como algo burlesco, sino como el reflejo de una búsqueda intensa por encontrar una identidad propia. Me pregunto qué tan fuerte debe ser la sensación de no encajar para llegar a pensar que la esencia de uno no es humana, sino animal.

Ahora que soy padre, el tema me toca desde otro lugar. Me inquieta imaginar que un hijo pudiera crecer sintiendo que no pertenece a sí mismo, que no logra reconocerse en su propio cuerpo. Más allá de juzgar, lo que me queda es una sensación de nostalgia y preocupación. Si esto comenzó a tomar forma desde los noventa y hoy es más visible, ¿hasta dónde llegará en el futuro?

Me doy cuenta de que muchas de las cosas que antes veíamos como raras o extravagantes ahora forman parte de la realidad cotidiana. Lo que antes aparecía en televisión como algo curioso, hoy puede verse en parques, en redes sociales o entre jóvenes que intentan definir quiénes son. Y eso, más que provocar risa, me deja pensando en lo complejo que se ha vuelto el camino para encontrar una identidad personal.

Al final, esta es solo una opinión. No se trata de burlarse ni de señalar, sino de observar y tratar de entender. Quizá lo más importante es preguntarnos qué está pasando con las nuevas generaciones y por qué tantos sienten que no encuentran su lugar dentro de sí mismos. Esa es, para mí, la parte verdaderamente triste de todo esto.