Un encuentro casual con un médico desató en mí, un hombre de 53 años, una profunda reflexión que va más allá del simple temor a envejecer. Lo que comenzó como una conversación sobre un olvido cotidiano, se convirtió en un espejo de las presiones económicas y laborales que enfrentamos quienes transitamos por la quinta década de vida en el México de hoy.
Todo empezó con una pregunta inocente a mi doctor tras un despiste: “¿Será normal?”. Su respuesta, directa y sin rodeos, abrió la puerta a una realidad que muchos prefieren ignorar. “Antes le decían demencia senil”, comentó, “pero ahora, no creas que es tan senil. Ya no es algo que aparezca a los 70 u 80”. Su comentario me golpeó. A mis 52, a punto de cumplir 53, la idea de que la mente comience a flaquear ya no parece una preocupación lejana, sino una posibilidad latente.
El médico fue claro al diferenciarlo del Alzheimer, una enfermedad que describió como “fea”. “No es lo mismo que se te olvide dónde dejaste las llaves a que se te olvide para qué chingados sirven”, sentenció. Y aunque su explicación me tranquilizó momentáneamente, también me hizo pensar en la carga mental a la que estamos sometidos.
La vorágine laboral: “Hacer de todo” para sobrevivir
Esta reflexión sobre la memoria me llevó inevitablemente a mi vida profesional y económica. En un mundo laboral que exige una polivalencia agotadora, ¿cómo no va a resentirse la mente? Los empleadores ya no buscan especialistas, sino “todólogos”. Quieren al redactor que también es fotógrafo, al locutor que además es programador. Nos hemos convertido en una generación de “hombres orquesta”, diversificando nuestras habilidades y, en consecuencia, nuestra atención, en un intento desesperado por mantenernos a flote.
Recuerdo a un amigo que trabajaba en la radio. Él solo era el programador musical de todo el día, el que hacía los comerciales, la voz de un personaje, el que recibía a los invitados y hasta el que ofrecía el café. Una sola persona haciendo el trabajo de un equipo completo, con un sueldo que, por supuesto, no reflejaba ni de lejos esa carga de trabajo. Y esa es la realidad de muchos: una multiplicidad de tareas que nos obliga a fragmentar nuestra energía y nuestra concentración.
La economía: una soga que aprieta cada vez más
Esta sobrecarga laboral está directamente ligada a la precariedad económica que vivimos. Un sueldo “normal” ya no alcanza. Como bien me dijo el doctor, la economía es la base de todo: del ánimo, de la salud. Sin una estabilidad económica, el acceso a servicios de salud de calidad se vuelve un lujo inalcanzable, y el estrés financiero se convierte en un compañero constante.
Nuestros padres, con un solo trabajo, podían darnos una carrera. Un albañil, con esfuerzo, podía sacar adelante a su familia. Hoy, la situación es muy diferente. Los salarios se han estancado mientras el costo de vida se dispara. La inflación, ese monstruo silencioso, devora nuestros ingresos y nos obliga a buscar múltiples fuentes de ingreso, a “chingarle”, como decimos coloquialmente, para poder llegar a fin de mes.
El panorama político tampoco ofrece mucho consuelo. Desde el inicio de la actual administración, muchos sentimos que la situación, lejos de mejorar, ha empeorado. La sensación generalizada es que cada vez es más difícil subsistir. Ir al mercado se ha convertido en un ejercicio de malabarismo financiero para muchas familias.
¿Demencia o agotamiento?
Y así, regreso a mi pregunta inicial: ¿es la memoria la que falla o es el sistema el que nos está fallando? Quizás esos olvidos cotidianos no son el preludio de una enfermedad, sino el síntoma de una mente agotada, de un cuerpo que lucha por mantenerse en pie en medio de una tormenta de presiones económicas, laborales y sociales.
A mis 53 años, me encuentro en una encrucijada, como muchos hombres y mujeres de mi generación. Nos debatimos entre el miedo a perder la lucidez y la angustia de no poder asegurar un futuro digno. Y en esta lucha diaria, a veces, se nos olvidan las llaves. Pero lo que no podemos permitirnos olvidar es que merecemos vivir, no solo sobrevivir.