Cuentan que un viajero inglés llamado Charles Latrobe, al conocer la Ciudad de México, quedó maravillado con su arquitectura, la elegancia de sus construcciones y los bellos estilos en los diseños de los edificios públicos y las casas que en 1834 poblaban el gran Centro Histórico de la Capital mexicana.
Yo, un humilde provinciano, no voy a negar que muchas veces me negué a conocer esta gran ciudad, en parte, por la mala publicidad que nos atosiga en cuanto a las malas experiencias de quienes visitan seguido la Ciudad de México, tales como el tráfico, los robos, las tranzas, entre algunas otras que un provinciano primerizo no quisiera vivir.
La experiencia que cambió mi percepción
Llegó el día en que, más por curiosidad, me ví animado por mi esposa e hija, a viajar para conocer la CDMX, un fin de semana, exclusivamente para vivir la experiencia del Centro Histórico.
Pues todo comienza al llegar a la Central de Autobuses, la cual fue una experiencia normal, nada que lamentar ni celebrar, un simple arribo a tu destino, como quien llega a cualquier parte, luego, el conductor del taxi que nos llevó al hotel, todo un personaje, un hombre de unos 65 años, bien vestido, con su corbata y chaleco tejido, cien por ciento amabilidad, nada que ver con las historias de cafres al volante, por fin, llegamos al hotel, por cierto, muy bien ubicado cerquita de nuestro real objetivo que era el Centro Histórico y un servicio digno de ganarse una estrella, muy grata experiencia.
Un Centro Histórico que supera expectativas
Quisiera escribir muchísimo acerca de los imponentes edificios y construcciones, tales como la Torre Latinoamericana, erguida en lo alto, siempre testigo de la caótica vida comercial de los mexiquenses, frente a ella, la gran belleza del Palacio de Bellas Artes, enmarcado por la gran Alameda Central, con muchísima vida en ella, miles de personas caminando cada quien pensando en su vida, sus problemas y muchas veces sin advertir lo bello que es este histórico lugar.
Luego, tomando la icónica Calle Madero, llegamos al Zócalo, que en ese momento exhibía grandes obras inspiradas en nuestros antepasados, sobran las magnas construcciones, sobran los buenos momentos y sobra el asombro que durante esos tres días se apoderó de mí, una muy especial experiencia, que sobre todo, fue así por mi compañía, mi hija y mi esposa, ella que vivió algunos años de su vida en esta Ciudad y fue mi guía personal, sobra decir que gracias a ella conocí estos magníficos y emblemáticos lugares.
De esta manera me dí cuenta de que Charles Latrobe no se equivocó al referirse a la CDMX como: La Ciudad de los Palacios.