Aunque no nací en Abasolo, puedo decir que he pasado prácticamente toda mi vida aquí, y con orgullo presumo que soy abasolense. Viví en otras ciudades, conocí otros ritmos y otras comodidades, pero siempre había algo que me llamaba de regreso. Era su tranquilidad, esa calma que muchas veces no se aprecia hasta que se pierde.
A pesar de ser una ciudad pequeña y de carecer de cosas que otras ciudades ofrecen, siempre preferí permanecer aquí. Porque en Abasolo encontré algo más valioso que cualquier centro comercial o vialidad moderna: encontré paz.
Mis recuerdos de infancia están cargados de lugares que marcaron una época: los paseos al Balneario El Cerrito, Los Pinos y, sobre todo, La Caldera; los días de campo en el cerro del Brinco del Diablo; o las idas a Las Tinajas en temporada de lluvias. Eran tiempos donde no dependíamos de un celular para divertirnos ni para sentirnos seguros.
Podíamos salir a la calle sin preocupación, reunirnos con amigos, jugar hasta que obscurecía y platicar sin que nadie nos molestara. Esa libertad que disfruté, hoy mis hijos no pueden ejercerla con la misma tranquilidad. No había tanto tráfico, ni tantas motos, ni vehículos por todos lados. Bastaba caminar para llegar a cualquier parte.
En mi adolescencia viví una de esas rivalidades que hoy se recuerdan con cariño: la que existía entre las dos secundarias de la ciudad, la Federal “Nicolás Bravo” y la “Virgilio Uribe”. Una rivalidad marcada, particularmente en lo deportivo, donde los maestros Cedeño y el Cisco protagonizaban auténticos clásicos locales.
A pesar de las competencias y las diferencias, fue una etapa llena de buenos momentos. Ahí se forjaron amistades reales, de esas que traspasan el tiempo y que, en mi caso, siguen vigentes hasta hoy.
Tuve la oportunidad de estudiar fuera: la Prepa, la Universidad. Pero cada fin de semana esperaba con emoción regresar a casa, ver a mi familia, reencontrarme con mis amigos. Aunque uno se acostumbre a la vida fuera, siempre se extraña el terruño: la gente, las calles, la comida.
Porque sí, los guisos de mamá siempre hacen falta… pero Abasolo también tiene su encanto culinario. La birria, las carnitas, los tacos, los tamales, las guajolotas y un sinfín de platillos que aquí saben diferente.
Entre mis favoritos, siempre he pensado que la birria del Güero es la mejor, los tacos de cabeza y lengua, y que decir de los tacos del X, de Los Cuates, de Napo, de Carmela y, por supuesto, las carnitas de Lelo. Pequeños placeres que terminan siendo parte de la identidad de uno.
Laboralmente, Abasolo no ofrece muchas oportunidades. Es necesario salir a otras ciudades en busca de un empleo mejor o de servicios que aquí no existen. Pero, curiosamente, esa misma dinámica reafirma algo: que uno puede trabajar fuera, pero vivir en Abasolo con gusto.
La cercanía con ciudades más grandes facilita buscar opciones sin renunciar al estilo de vida tranquilo que aquí se respira. Y sí, a pesar de las limitaciones, sigo convencido de que se vive bien en Abasolo.
Pero no todo es nostalgia. La realidad es que la seguridad ya no es la misma. La tranquilidad que antes definía a Abasolo se ha ido empañando por la situación del Estado y del país. Aunque aquí no pasan cosas extraordinarias todos los días, eso no significa que estemos exentos.
He visto pasar varias administraciones públicas, promesas, proyectos, intenciones… y sigo esperando el gobierno que realmente impulse un cambio, uno que sí deje huella y saque a Abasolo adelante. Pero esa ya será discusión para otra ocasión.
Como dije al inicio: no nací en Abasolo. Pero estoy seguro de que aquí viviré lo que me queda… y aquí moriré. Porque es el lugar donde encontré tranquilidad, donde nacieron mis hijos, donde están mis amigos y donde, sin planearlo, eché raíces.
Abasolo es la ciudad que elegí… y la que sigo eligiendo todos los días.
Un abasolense
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